“Hablemos el mismo idioma”, cantaba Wert.

Con este artículo me voy a meter en un lío, ya lo veo venir, pero no puedo pasar por alto las noticias de estos días en la prensa española, así como la amargura, por no decir el cabreo, de muchos amigos en las redes sociales. Voy a dedicarme, entonces, a la polémica sobre Wert y su Ley Orgánica de la Mejora de la Calidad Educativa, LOMCE por su sigla.

Tengo que admitir que mis ideas sobre idiomas son un poco particulares, tal vez difíciles de aceptar, pero quiero intentar acercarme a este tema de la mejor manera posible. Si no me equivoco, la ley quiere defender un modelo más igualitario de enseñanza de los idiomas (así es como la presentan, no como la defino yo, que quede claro). En España, la enseñanza de los idiomas cooficiales esta reglada por cada comunidad, e incluso en la misma comunidad puede haber diferentes modelos que coexisten según la zona o el tipo de escuelas. Esto es mucho, y es algo que otros estados quisieran. Lo que quiero decir es que el gobierno español, hasta hoy, ha dejado a las comunidades la libertad de decidir como incluir sus propios idiomas en la formación de los niños, cosa que países como el mío, para no buscar ejemplos lejanos, siguen soñando (bueno, en el mío estos idiomas no suelen ni siquiera estar incluidos).

Más que eso, este modelo, según parece, funciona, y no es en absoluto uno de los agobios de España. Sin embargo, en lugar de ocuparse de problemas más serios, que seguro que los tiene, el gobierno de Don Mariano propone una reforma que tendría que ayudar a los chicos a ser más competitivos. Para lograrlo, se quiere dar más espacio e importancia al castellano, una lengua con más difusión que las cooficiales a nivel internacional. Ya que no estoy por tierras ibéricas, ni tan metida en el problema, le ruego a quien sepa más que me diga si he entendido bien el proyecto o si me voy por mal camino.

Hasta aquí todo parece estar bien, el castellano es un idioma muy importante, con una gran difusión, y es justo que los niños lo aprendan bien, si no lo están haciendo, porque se debe hablar correctamente. Sin embargo, también parece que la ley, así como está formulada en su proyecto, le quita importancia a las lenguas cooficiales, rebajándolas al nivel de asignatura que ni siquiera es evaluable (están trabajando en modificar este punto, creo). Esto queda más feo, diría yo, porque, de momento, son troncales, tanto el castellano como las otras, si no me equivoco. Y también suena mal lo de “españolizar a los niños catalanes” que se oyó por ahí, porque me recuerda a cierto señor bajito “de cuyo nombre ahora no me quiero acordar” diría Sabina parafraseando a Don Miguel.

Lo que pienso yo es que un país debe reconocer sus riquezas y darles valor, sean estas las ciudades patrimonio de la humanidad o los idiomas. Si se tiene la suerte de tener unas lenguas cooficiales, cada una con su historia y su codificación, y la posibilidad de enseñarlas, hay que hacerlo, no solo para no perder unas raíces y una cultura que no se pagan con oro (y eso ya sería razón suficiente), sino también porque es una suerte increíble para los niños, cuyos cerebros no pueden que sacar provecho del criarse en un ambiente bilingüe. Que luego muchos acaben hablando mejor la lengua cooficial que el castellano no tiene nada que ver, puede que tuvieran malos profesores, o simplemente que no lo hayan estudiado como Dios manda. Aquí en Italia, hay cantidad de gente que habla italiano de manera espantosa de todas formas, sin enseñanza de lenguas cooficiales, así que no se le puede echar la culpa a los otros idiomas si uno no conoce el propio.

Esto lo digo a pesar de todas las veces que lo pasé mal porque alguien me echaba la bronca o, directamente, no me hacía caso por no hablar catalán, a pesar de que me podían entender y responder perfectamente en castellano. Eso era un gesto político, así como lo es la presentación de esta ley. Dudo que se quiera atajar realmente un problema social con este proyecto, lo que se quiere es dejar clara una posición política y atacar a ciertas partes de la sociedad, quitando derechos largamente esperados y duramente ganados. Nihil novi sub sole, ¿no os parece?

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